miércoles, 16 de marzo de 2011

El matrimonio no es un punto de llegada, sino un punto de partida

Desde que éramos niños, percibiamos que, según mostraban los cuentos infantiles, el llegar al altar del brazo del ser amado, era el cúlmen de una gran travesía que había qué recorrer para poder llegar al "y vivieron felices para siempre". Lo mismo pasa en las telenovelas, películas románticas y demás historias de ficción, con las que tenemos contacto durante nuestro desarrollo emocional.

Nada más alejado de la realidad. Y no me refiero al hecho de "vivir felices para siempre", estoy convencida de que esto es posible; de lo que hablo es que la historia de amor, no termina ahí, sino que ¡ahí es donde comienza!

Sí, se lee muy bonito, pero... ¿Por qué por todas partes la gente habla taaan mal del matrimonio? ¿Por qué hay tantos matrimonios destruídos, si se veía que se "querían tanto"?

Aquí mi teoría: Regularmente, la época de noviazgo, es tiempo de conquista, hacemos lo que al otro le gusta, tratamos de agradarle en lo que nos es posible, queremos pasar tiempo con él (o ella), y ¡hasta nos bañamos todos los días! jajaja. Llega el momento, en el mejor de los casos, en que sientes que esto es poco y ya quieres compartir totalmente tu vida con la persona amada, se planea con mucha ilusión la boda, durante meses, hasta que llega el día tan esperado. ¿Y después qué? Por alguna extraña razón (Probablemente la que escribí al principio), creemos que todo se dará por arte de magia, y que el simple hecho de habernos casado ya es garantía de que el otro esté "prendado de nuestros encantos", pero en la mayoría de los casos, no sucede así.

El comenzar a vivir de tiempo completo con esa persona "ideal", nos lleva a darnos cuenta que esa persona no era precisamente como aparecía en nuestras "ideas", y es cuando muchas veces viene la desilusión; no quiere decir que el otro sea malo, simplemente es que no es como "yo creía" o como "yo pensaba".

Es por eso, según he observado, que muchos matrimonios terminan, porque se casaron con una idea y no con un ser humano. Se espera del otro que "me haga feliz", sin darse cuenta que el otro está esperando lo mismo, y esto genera una suma de carencias, lo que sigue dejando un sentimiento de frustración.

Si bien, el amor es comprensivo, el amor es servicial, no es mal educado ni egoísta... etc (cfr 1Cor 13, 4-8), es en el matrimonio donde el VERDADERO amor sale a relucir. Las personas que han llegado a vivir este amor verdadero, no están sacadas de los cuentos de hadas, ni vienen de otros planetas. Simplemente han asumido el hecho de no haberse casado para "ser felices" sino para "hacer feliz al ser amado", esto es lo contrario al egoísmo; y cuando es mutuo, ¡ambos salen ganando!

No es una utopía el matrimonio feliz, conozco muchos que lo son. No hablo de seres humanos perfectos, es más, ni siquiera de matrimonios perfectos, sino de matrimonios felices. Esos matrimonios que saben encontrar soluciones aún de las situaciones más difíciles, que si sufren, sufren juntos, que si uno tropieza, el otro le ayuda a levantarse, que siempre están luchando por que realmente su matrimonio (feliz) dure para toda la vida.

Claro, esta situación no se da sola, ni siquiera es muy fácil que digamos. Pero sí es posible, y hay qué tomar en cuenta varias cosas que ojalá las reflexionáramos antes de contraer matrimonio, enumero las que por ahora tengo en la mente:

  1. Realmente tener VOCACIÓN para el matrimonio (ambos). Hay quién se aferra a casarse y vive en un matrimonio lleno de frustraciones y sin realizarse como persona, porque no era su vocación.
  2. Elegir a la persona adecuada. No sólo a la que nos guste más físicamente, o a la más popular, o a la primera que se "puso de modo", sino aquella con la que se pueda COMPARTIR realmente el resto de la vida, no porque así dice "la iglesia" o por que se tiene qué hacer, sino porque se QUIERE hacer, cuando resulta más difícil estar separado del ser amado que todos los días vivir juntos. Suena muy simple, pero se ve a diario: hay quien al pensar en matrimonio para toda la vida, lo primero que piensa es que va a "tener" qué decir adiós a todo lo demás, y esto causa sufrimiento... entonces no es el momento o la persona adecuada.
  3. Saber si se está listo para hacer feliz a otro. A veces por mero egoísmo, nos casamos para satisfacer un gusto o un capricho, sin importar demasiado el compromiso de ser parte de la vida de la otra persona. "Ya no serán dos, sino una sola cosa", el tú y yo, se convierte en un NOSOTROS (sin perder su esencia individual).
Nunca es demasiado tarde, mientras haya vida, hay oportunidad de hacer las cosas mejor, de hacer de tu matrimonio, un matrimonio feliz.

Concluyo con una frase corta que dice mucho: "La boda es un día, pero el matrimonio es para toda la vida".

1 comentario:

  1. citaré:
    <<...nos lleva a darnos cuenta que esa persona no era precisamente como aparecía en nuestras "ideas", y es cuando muchas veces viene la desilusión; no quiere decir que el otro sea malo, simplemente es que no es como "yo creía" o como "yo pensaba".>>
    para hacer referencia a mi comentario...

    Justo fue lo que me sucedió a mi en mi última relación de noviazgo... acepté andar con él, teniendo una x idea de él, incluso hasta una especie de fantasía, y cuando por fin me abrí a la realidad, me di cuenta que, como dices, no era quien yo creía o como yo pensaba, y es cuando viene la frustración y todo se viene abajo...

    Aún nosé si tenga yo vocación para el matrimonio (se acaba de poner en el reproductor Está en tí, de BMMM), pero ya no me estreso al respecto, porq como dice el canto, no me aferro, el Señor ya me conoce y me ha llamado por mi nombre =)... Gracias Margarita por estar ahí, por tu apoyo, y por ser ese instrumento tan valioso del Señor en mi camino. =)
    Lulú

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